Si entrás al taller de Unicornio BA, lo primero que vas a notar (además del aroma a textiles limpios y esencias naturales) es que estamos rodeados de verde. De a poco, y casi sin darnos cuenta, nos convertimos en esa comunidad que se emociona cuando una Monstera estira una hoja nueva o cuando el Potus de la estantería llega al piso.
Este amor profundo por lo verde no es una casualidad; viene de una raíz muy vieja y querida.
Desde muy chico siempre fui muy revoltoso y curioso a la vez. En esos momentos en los que nada lograba entretenerme, mi madre encontraba el mejor de los refugios en su jardín de invierno. Estaba lleno de plantas frondosas y de hojas enormes. Ella, con una paciencia infinita, me asignaba una tarea sagrada: limpiar cada una de esas hojas con un algodón empapado en leche. Me decía que de esa forma las estábamos hidratando y dándoles brillo. Esa mezcla de juego, cuidado silencioso y texturas me calmaba. Fue mi primer gran contacto con el ritmo de la naturaleza.
Es el día de hoy que sigo manteniendo intacto ese ritual. Todas las mañanas, lo primero que hago es salir a la ventana a ver cómo está cada una de mis plantas. Reviso sus necesidades, si les falta agua, si buscan luz o si estrenan brotes. Para mí no son simples objetos de decoración; convivo con ellas y las cuido como si fueran un integrante más de la casa. Porque, de verdad, lo son.
Nuestro amor por las plantas en el taller es un reflejo exacto de eso: el valor de los procesos lentos y el cuidado minucioso de los detalles. Disfrutamos el ritual matutino de regarlas, de limpiar sus hojas (a veces reviviendo aquel truco de la infancia) y de ver cómo llenan de energía y frescura cada rincón de trabajo.
Al igual que una prenda hecha a mano con algodón noble o un difusor artesanal, las plantas nos recuerdan que las cosas más lindas de la vida no se arman en serie. Requieren tiempo, paciencia, historia y mucho amor.
DAP